sábado, 17 de mayo de 2014

La ruta breve del silencio




Una pelota de fútbol puede correr tanto como la potencia de un golpe logre moverlo. 170, 145, 200 kilómetros. Cuando llega a la portería debe sentirse sin peso, libre. Cuando llega a la portería, atraviesa la malla y descarga su furia, la pelota ha recorrido con brevedad toda una vida, todas las vidas.

En ese momento, un pirata cualquiera, de esos que abundan en las esquinas hostiles de las ciudades urañas, ha recorrido un montón de sensasiones, llenas y vacías, de la pasión silente que resume el balón en las manos del arquero contrario.

Esa debe ser la frustración del humano, pero la alegría indescriptible de la pelota, que vive en silencio la presión de la atmósfera, de la hinchada, de los empresarios que le quitaron la belleza de ser una atractiva pecosa que se pasea engreída por la grama para convertirla en una burda y plástica modelo que encanta al Jet Set de los dólares.

Pero tranquila, guapa. En las oscuras y húmedas graderías de miles de estadios al rededor de la tierra, los piratas enamorados de tu baile sagrado te seguimos aclamando por tu escencia, no por los logos falsos que sobre tu hermosa piel se ciernen: sós nuestra amante imposible, monocolor seductor que nos hace vibrar cuando sonríe y cuando combate, sós el limbo de nuestros corazones, amada y sensual pecosa.

Sigue huyendo al espacio que te preparamos, ese rincón de nuestro corazón donde nunca más tendrás que fingir para encantar a nadie, donde los golpes sinceros te impulsarán al son del silencio y con la brevedad más absoluta que seas capáz de imaginar. Soñaremos luces que se desvanecen en el olvido

Debes saber, además, que solo donde las rebeldías y las necedades -elevadas al grado de sueño o utopía dicen algunos- logran su cometido, podremos ser las amantes sinceras que deseamos.

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