domingo, 25 de mayo de 2014
Dulces despedidas
Decir adiós me evoca un aereopuerto. Uno muy grande y frío. Sólo hay algo de tibieza en medio de esa enorme nada: en los labios de los amantes. Yo odio a los aereopuertos casi tanto como a las soledades.
Decir adiós... una lagrimita corrió por esa mejilla, cansada del viento que la golpeó a velocidades medias, mientras el nudito de la gargata se convertía en un dolorcito que se instaló en la cabeza sin reparo alguno.Decir adiós en un paisaje tan propicio, con un sol bello -bellísimo- con tranquilidad en la voz a pesar de los odios, los rencores.
No dejo de odiar, como a los aeropuertos, a los adioces. Son empalagosos, serios, determinantes y mezquinos, sin esperanzas. Pero tienen un atractivo: son en últimas naufragios. Y como de vivir en vivir me he decidido por los inconclusos...
Decir, dulcemente, adiós.
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